Pregunto a los lectores... Cuando tienen que hacer trámites en oficinas, comercios ¿Se sintieron bien atendidos o se sintieron como yo (mayor de 70 años) seres invisibles? Me sucedió que la empleada que me atendió (concurrí a una farmacia por medicamentos para mi hipertensión arterial) ni siquiera levantó la vista de su computadora para saludarme; fue desconsiderada, y me pregunté: ¿seré invisible? Me retiré pensando que, si regresara, la deñorita en cuestión no sabría que yo ya estuve, por la sencilla razón de que no levantó la vista para mirarme, verme, saludarme... Eso sí, levantó su voz para decirme: “Ya le dije”. “Claro”, le contesté, con la paciencia de mis años y el temor a seguir siendo maltratada. “Perdón -le dije- es que los años nos hacen lentos en el andar, en el comprender”; a lo que me contestó: “Todos llegaremos igual”. La miré y me dirigí hacia la cajera; le pregunté tal vez lo mismo, no recuerdo, y me respondió: “Ya le dijeron, señora”. Dicen que la juventud tiene fuerza... pero la vejez tiene el alma. Celebro a quienes han mirado mucho, llorado mucho, reído más todavía. Ser viejo es haber aprendido a amar sin condiciones. Los que saben del alma quieren recuperar la ternura, el respeto y la alegría de aprender de quienes ya conocen el camino. “Lo que el mundo olvida el corazón recuerda”. En un mundo que corre detrás de lo nuevo, me detengo a invitarlos a honrar lo verdadero, porque los años no son un peso sino una raíz. “Lo que el mundo olvida el corazón recuerda” es un canto al valor de la experiencia, a la ternura del tiempo y a la necesidad de volver a mirar con respeto a quienes saben del alma. A mis coetáneos los invito a mostrarnos como seres visibles. A  los más jóvenes los invito a retlexionar y respetar.

Silvia C. Rodríguez de Romero                                          

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